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20/11/2007
UN PREMIO INCÓMODO
El ex vicepresidente del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, Al Gore, ha recibido el último Premio Nobel de la Paz , por su labor como director de un documental acerca del cambio climático y por su lucha para concienciar al mundo de la urgente necesidad de hacer caso a lo que numerosos grupos ecologistas llevan décadas denunciando.
La noticia de la concesión del premio ha despertado mi espabilada capacidad para dudar; y esta vez no tengo todas conmigo acerca de la habilidad de los miembros de la Academia Sueca para detectar causas por las que premiar a alguien en cuestiones de lucha por la paz. En un mundo en el que diariamente asistimos a la existencia de conflictos armados, violaciones de derechos humanos y tremendas injusticias económicas y sociales, parece difícil pensar que no haya una persona con más méritos +que Gore para recibir ese reconocimiento.
No tengo nada contra Gore, pero su pertenencia a un gobierno que ordenó bombardeos o que no quiso ratificar el protocolo de Kioto me hacen dudar de su candidatura a un premio de tanta repercusión internacional. Por no hablar de los defectos que numerosos científicos del mundo han detectado en la visión alarmista que ha tratado de comunicar en su oscarizado documental, Una verdad incómoda.
Premios como el Nobel deberían tener ciertas reservas a la hora de otorgar sus galardones a personajes con carrera política, cuando lo único que hacen es cumplir con su obligación y reciben a cambio el sueldo que les pagan puntualmente sus ciudadanos.
También le ha sorprendido el premio a mi amigo Jorge, un experto desconocido en detección de conspiraciones. Asegura él que los organismos que mueven los grandes poderes internacionales utilizan puntos de fuga para que la izquierda internacional mire hacia otros lugares. Dice que la ecología es una buena causa para que la gente no luche por el fin de la pobreza y el reparto de la riqueza. Quizá ese es uno de los efectos colaterales y tenga parte de razón. Pero la situación ecológica de este planeta es preocupante y no es el señor Gore el que ha hecho una revolución al respecto.
Mi hija Julia tiene nueve años. Y desde que era pequeñita ha tenido una cierta preocupación por el medio ambiente; y no me refiero sólo al hecho de que me haya hecho prometer que dejaba de fumar hace un mes y lo haya conseguido. Le preocupa que abra demasiado tiempo el grifo del agua, que deje una luz encendida o la cantidad de humo que el coche, en el que la llevo al colegio, lanza a la atmósfera.
Ella tiene esa conciencia sin haber visto en su vida el documental de Al Gore. La tiene porque antes que Gore ha habido numerosos ecologistas en el mundo que han decidido cuidar la naturaleza, que han protestado por los abusos del hombre, que han conseguido que gobiernos muy contaminantes como el nuestro hagan un Ministerio de Medio Ambiente, para tratar de solucionar problemas. A ellos les quiero dedicar esta columna; a los que cuidan de los vertidos en sus pueblos, a los que nunca irán a una gala de los Oscar para recibir un gran aplauso que tienen muy merecido.
LA PATADA
Veo atónito las imágenes en las que un joven agrede a una joven ecuatoriana en un acto de violencia racista. Se trata de un joven de 21 años que para atenuar su culpa asegura que estaba borracho.
La escena ocurrió el pasado siete de octubre. El joven Sergi Xavier M.M. iba en una tren de cercanías hablando por teléfono. La joven agredida iba sentada tranquilamente cuando su agresor le propinó un par de bofetadas y la llamó “inmigrante de mierda”. Ella permaneció muda, inmóvil y asustada. Él continuó hablando por teléfono, quizás narrando su increíble hazaña a algún amigo ante el que quería presumir.
Después del primer ataque Xavier se acerca hacia la puerta del vagón. Parece que va a apearse y que la joven se va a librar de él. Pero de repente, quizás por que su interlocutor telefónico le dobla la apuesta, regresa en dirección al lugar donde se encuentra la joven y le da una patada en la cara. Así sella su bravuconería, mientras sigue con el teléfono en la oreja.
A dos metros del rincón del vagón, en el que ha ocurrido todo, un joven observa cabizbajo, sin querer intervenir y ayudar a la joven. Si hubiera hablado se habría metido en una pelea o quizás hubiera conseguido detener la agresión antes de la patada. Prefiero pensar que el miedo era lo que paralizaba su voz y sus piernas.
En su declaración ante un juez, el agresor aseguró que se encontraba bajo los efectos del alcohol. A lo largo de mi vida me he encontrado a muchos borrachos y nunca les he visto dando patadas o puñetazos. La joven a la que agredió se encuentra en tratamiento psicológico, con pánico a salir a la calle por miedo a que la agredan. Cuánto miedo había en ese vagón.
La justicia debe ser contundente en casos como este. Un delincuente de esa calaña no debería tener ni una mínima sensación de impunidad. Al contrario, debería escarmentar y entender que la violencia no es un recurso. Debería aprender que esa superioridad que ha mostrado por su fuerza física y “su raza” es falsa y miserable.
En cuanto al espectador inmóvil ante el hecho en el fondo nos representa un poco a todos. Su parálisis nace de la incapacidad para resolver un conflicto violento, algo para lo que no estamos educados. Y ocurre en un país en el que durante varias décadas millones de personas se cruzaron de brazos mientras la dictadura pateaba a millones de ciudadanos que eran diferentes en sus ideas políticas. Y eso es algo colectivo que deja un poso en nuestro comportamiento. La agresión es un delito contra toda la sociedad, no un hecho que afecta aisladamente a quien la sufre. Y el que no hace nada por evitarlo está colaborando con su silencio.
Por suerte no ocurre siempre así. Ayer un revisor de un tren de cercanías en Girona estaba haciendo su trabajo en un vagón. Al entrar en él, sólo le pidió el billete a un ciudadano negro que se negó a dárselo para protestar por el retraso del tren y por sentirse discriminado. El revisor trató de presionarle y medio centenar de pasajeros reaccionaron contra él. Una buena lección para el revisor y para todos nosotros.


