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OTRA MIRADA

TODO DEPENDE

En ocasiones los humoristas gráficos nos retratan mejor que nadie. Le pasa a Joaquín Salvador, Quino, creador de Mafalda. Hay viñetas en las que desmenuza la complejidad social y que pueden ser aplicadas como una ley universal. En una de ellas se ve un cine en el que se está proyectando la película de Chaplin, La quimera del oro. En la pantalla Charlot, hambriento, con un tenedor en una mano y un cuchillo en la otra, a punto de comerse una bota de la que no va a dejar ni los cordones.
En la sala hay tres palcos en los que puede verse el precio que han pagado por la entrada sus ocupantes. Los que han pagado 100 ocupan el inferior y miran la escena con pena; se identifican con el hambre y la desesperación del personaje. En el medio han pagado 500 y sus ocupantes observan la escena con una sonrisa; se trata de una clase media que ve con distancia lo que ocurre en la pantalla. Y en el palco superior, en el que han pagado 1000, los espectadores se parten de la risa, porque el hambre es algo que les resulta tan lejano que se pueden permitir ver la escena con humor.
Algo parecido es lo que ocurrió el lunes con los 13.000.000 millones de espectadores que siguieron por distintas cadenas de televisión el debate entre el presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy. Los del palco del PP se sintieron bien representados por Mariano y los del palco del PSOE satisfechos con la intervención de Zapatero. De eso se trata.
Pero hay un palco fundamental en el que se decidirá el resultado de los próximos comicios del 9 de marzo. En él están sentados el millón y medio de votantes de izquierdas que si participan empujan a Zapatero y si deciden no hacerlo darán una oportunidad a Rajoy. Nadie los nombra; si lo hace el PSOE, pueden sentirse utilizados y abstenerse; si los nombra el PP, pueden reaccionar acudiendo a votar masivamente.
Por eso las estrategias de los dos candidatos son bien distintas. Rajoy en esta campaña tiene que mantener activo su voto y tratar de que esa abstención de izquierdas no se movilice hacia las urnas. Zapatero tiene que movilizar a los suyos y tratar de que esa abstención sienta la responsabilidad de acudir a votar para frenar a la derecha.
La mirada al pasado del gobierno de Aznar que practicó Zapatero se dirigía hacia todos los que salieron a votar el 14 de marzo de 2004 para parar el PP. El PSOE intenta construir en el imaginario del electorado un escenario similar al de aquellas generales. Rajoy tiene que parecer diferente. Por eso hace de la economía si ariete electoral, aunque sus cuatro años de agresiva oposición son difíciles de esconder.
Y en ese sentido es muy difícil medir el efecto real que ha tenido el debate en esos electores. Si Zapatero ganó, esos electores abstencionistas podrían relajarse. Si el mejor fue Rajoy esos electores quizá despertarían.
De todas formas, lo más interesante del debate debió ser cómo se preparó. Ni se habló de crisis con Gallardón, ni de educación para la ciudadanía, ni de los vuelos de la CIA , no del Yak-42, ni de otras muchas cosas que los dos partidos dejaron fuera. Un tintero medio lleno para un debate medio vacío.
Publicado el 27 de febrero de 2008
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