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OTRA MIRADA

VACACIONES FELICES

VACACIONES FELICES
Cada vez que paso por el Bierzo en mis vacaciones la cabeza se me llena de recuerdos. Debe ser la edad o que ahora tengo un poco más de tiempo libre el día de mi llegada. En los años 70, cuando mis padres empaquetaban a seis niños en un coche familiar, con una vaca repleta de maletas y bártulos, invertíamos prácticamente un día entero para llegar desde Pamplona hasta Pereje.
Las carreteras bercianas poco tenían que envidiar entonces a la montaña rusa más arriesgada que pueda promocionar un parque de atracciones de última generación. Me producían un pánico tremendo aquellos interminables precipicios en esa España de vía estrecha, por una calzada en la que algún ingeniero perdió el metro y no pudo calcular la anchura de asfalto que necesitan dos vehículos para pasar simultáneamente. Mis hermanas y yo teníamos siempre una bolsa a mano por si nuestro aparato digestivo se mostraba sensible al montón de curvas y baches con el que teníamos que convivir durante ese largo día.
Pero la recompensa era grande. Llegábamos a casa de la abuela Modesta y teníamos un mes por delante para convivir con nuestras raíces, en el sentido más amplio de la palabra. Nos pasábamos el día en la calle, haciendo la vida de una lagartija. Lo que ahora serían seis niños con una videoconsola,  entonces eran seis hermanos y varios primos haciendo turnos para poder disfrutar de la única bicicleta que podíamos llevarnos a las piernas, subiendo a los árboles para tomar alguna fruta prestada o llenando un bote de luciérnagas en busca de una energía mágica y alternativa.
Para nosotros el mundo de siempre era un mundo nuevo: la vieja casa familiar crujía por las noches y nuestros temores tardaban en acostumbrarse al lenguaje de sus vigas; nos sorprendía la naturalidad con la que un conejo (como el que veíamos en los dibujos animados) moría de un estacazo camino de la cazuela o la matemática exactitud con la que el mimbre se convertía en un canasto.
Nosotros intentábamos no entorpecer una vida mucho más apegada a los ritmos de la naturaleza que la nuestra. Levantando pocos palmos del suelo, queríamos colaborar en la cosecha y nuestra abuela o nuestros tíos, con inquietud y paciencia, trataban de introducirnos en las artes de la agricultura. Al final, lo poco que hacíamos retrasaba su labor más que otra cosa.
Cuando ahora vuelvo a Pereje y todo es más mecanizado y en la despensa conviven la huerta y el hipermercado, encuentro cosas que no cambian. Especialmente una; la insistencia, cuando visitas a un familiar, en atiborrarte de comida como si acabaras de llegar de una lejana posguerra. Y si no te apetece nada parece que le ofendes. Es la memoria de un tiempo en el que el hombre era inseparable de la tierra y juntos compartían muchas más cosas.
Por cierto, se habrán dado cuenta de que el país funciona aunque los políticos estén de vacaciones. No estaría mal que el resto del año fueran más discretos, cumplieran su labor, trabajaran por sus ideas y no llamaran tanto la atención.
Publucado el 8 de agosto de 2007
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