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OTRA MIRADA

LA PATADA

Veo atónito las imágenes en las que un joven agrede a una joven ecuatoriana en un acto de violencia racista. Se trata de un joven de 21 años que para atenuar su culpa asegura que estaba borracho.
La escena ocurrió el pasado siete de octubre. El joven Sergi Xavier M.M. iba en una tren de cercanías hablando por teléfono. La joven agredida iba sentada tranquilamente cuando su agresor le propinó un par de bofetadas y la llamó “inmigrante de mierda”. Ella permaneció muda, inmóvil y asustada. Él continuó hablando por teléfono, quizás narrando su increíble hazaña a algún amigo ante el que quería presumir.
Después del primer ataque Xavier se acerca hacia la puerta del vagón. Parece que va a apearse y que la joven se va a librar de él. Pero de repente, quizás por que su interlocutor telefónico le dobla la apuesta, regresa en dirección al lugar donde se encuentra la joven y le da una patada en la cara. Así sella su bravuconería, mientras sigue con el teléfono en la oreja.
A dos metros del rincón del vagón, en el que ha ocurrido todo, un joven observa cabizbajo, sin querer intervenir y ayudar a la joven. Si hubiera hablado se habría metido en una pelea o quizás hubiera conseguido detener la agresión antes de la patada. Prefiero pensar que el miedo era lo que paralizaba su voz y sus piernas.
En su declaración ante un juez, el agresor aseguró que se encontraba bajo los efectos del alcohol. A lo largo de mi vida me he encontrado a muchos borrachos y nunca les he visto dando patadas o puñetazos. La joven a la que agredió se encuentra en tratamiento psicológico, con pánico a salir a la calle por miedo a que la agredan. Cuánto miedo había en ese vagón.
La justicia debe ser contundente en casos como este. Un delincuente de esa calaña no debería tener ni una mínima sensación de impunidad. Al contrario, debería escarmentar y entender que la violencia no es un recurso. Debería aprender que esa superioridad que ha mostrado por su fuerza física y “su raza” es falsa y miserable.
En cuanto al espectador inmóvil ante el hecho en el fondo nos representa un poco a todos. Su parálisis nace de la incapacidad para resolver un conflicto violento, algo para lo que no estamos educados. Y ocurre en un país en el que durante varias décadas millones de personas se cruzaron de brazos mientras la dictadura pateaba a millones de ciudadanos que eran diferentes en sus ideas políticas. Y eso es algo colectivo que deja un poso en nuestro comportamiento. La agresión es un delito contra toda la sociedad, no un hecho que afecta aisladamente a quien la sufre. Y el que no hace nada por evitarlo está colaborando con su silencio.
Por suerte no ocurre siempre así. Ayer un revisor de un tren de cercanías en Girona estaba haciendo su trabajo en un vagón. Al entrar en él, sólo le pidió el billete a un ciudadano negro que se negó a dárselo para protestar por el retraso del tren y por sentirse discriminado. El revisor trató de presionarle y medio centenar de pasajeros reaccionaron contra él. Una buena lección para el revisor y para todos nosotros.
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