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OTRA MIRADA

LA JUSTICIA VA POR BARRIOS

Es difícil adivinar por qué los medios de comunicación eligen más noticias negativas que positivas a la hora de elaborar sus informaciones. Por eso hay que pensar que la emisión de desgracias cumple una función social que genera algún tipo de beneficio o satisfacción. Creo en cierto modo, el objetivo es anestesiar a los seres humanos, hacerlos menos sensibles a causa de la reiteración, e inutilizarlos para tener una reacción sensible ante las injusticias.

 

Las emociones de los seres humanos no se destruyen, a pesar de que a menudo duerman el sueño de nuestro pequeño mundo individual, de nuestra pequeña tragedia cotidiana. Por eso contemplación de la fotografía casi me agrieta los ojos, como si el impacto de su significado se incrustara duramente en mis pupilas y quisiera atravesarlas de una luz sólida y destructora. Un hombre sujeta el cuerpo sin vida de una niña. Tendrá apenas tres años. El hombre muestra el cuerpo a la cámara del fotógrafo, como queriendo denunciar lo ocurrido, como diciendo: “Miren lo que nos están haciendo”.

 

El cuerpo inerte de la pequeña se ve con los brazos y el cuello descolgados, subrayando la fuerza que ya no tienen sus articulaciones. La inocencia de esos tres años, de su diminuto cuerpo, multiplica exponencialmente la crueldad de sus asesinos.

 

Las acciones del ejército israelí en Palestina y el Líbano han causado la muerte de decenas de civiles, entre ellos numerosos niños y mujeres. El gobierno de Israel ha pedido perdón por esos daños colaterales, pero no ha mostrado ninguna disposición a dejar de cometer sus ataques que tantas vidas están costando.

 

La impunidad con la que actúa el ejército israelí pone en evidencia los defectos de los organismos internacionales, incapaces de detener agresiones como esa cuando el apoyo de algunas potencias mundiales es una carta blanca para seguir asesinando. Tenemos tribunales de justicia internacionales a los que puede acudir gente como Milosevic, pero nunca llegarán a sus banquillos los torturadores de detenidos en Irak o los responsables de las matanzas que estos días han llevado el efecto de las bombas a las portadas de los diarios de todo el mundo.

 

También señala las deficiencias de la ONU, que puede mandar una misión humanitaria a Ruanda, pero no lo hace en el caso de un conflicto, el palestino-israelí, contra el que la Asamblea de Naciones Unidas ha llevado a cabo numerosas resoluciones.

 

Ya sabemos que los muertos no son iguales en ninguna parte, que si esa niña de tres años hubiera sido una ciudadana de un país europeo las consecuencias para sus asesinos quizás existirían. Pero acontecimientos como los actuales nos enseñan que tampoco los asesinos son iguales, que un militar israelí puede bombardear un grupo de coches en el que huyen varias familias, o uno norteamericano disparar a un cámara de televisión como José Couso, al tiempo que los ocho presidentes más poderosos del planeta sonríen y se divierten en San Petersburgo y los asesinos de esa niña cenan en casa, viendo en la televisión el resultado de su impune jornada de trabajo.
Publicado el 19 de julio de 2006
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