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OTRA MIRADA

LA PRIMERA PIEDRA

LA PRIMERA PIEDRA
El embajador del Estado Vaticano en España, Manuel Monteiro, asegura que las declaraciones de Ben edi cto XVI sobre la propensión a la violencia de los musulmanes tenían el objetivo de ofrecer un diálogo “franco, sincero y con respeto mutuo”. Menos mal que el Papa estaba tendiendo puentes porque si su intención no hubiera tenido tanto talante regresaba el servicio militar obligatorio y todos nos íbamos a las cruzadas para obligar al “infiel” a darle la razón a Ben edi cto.
Con lo sofisticados y complejos que son los equipos de trabajo de los estadistas y los dirigentes políticos, hay que pensar que Ratzinger no lanza en sus discursos lo primero que se le viene a la cabeza. Por tanto, la inclusión de la frase en la que habla de la extensión violenta de la religión musulm ana no era gratuita, ni anecdótica, y estaba destinada a buscar un objetivo. Analizar las últimas piezas que ha movido el Vaticano en las últimas sem ana s puede permitir comprender sus objetivos y cuál ha podido ser su intención.
Recientemente, los estrategas del Vaticano han relanzado la campaña para que la futura Constitución europea, pendiente de resurrección, incluya en su preámbulo una mención a las raíces cristi ana s de este continente que durante muchos siglos no fue tan civilizado como hoy parece. Ya sabemos, por experiencia reciente, lo importantes que son los preámbulos constitucionales o estatutarios. Y el que no lo sepa que se lo pregunte a las elecciones anticipadas de Cataluña, del próximo 1 de noviembre.
Merece la pena pensar dónde están las raíces de Europa y si el cristianismo ha sido nuestra raíz más determinante. Si no lo ha sido la Grecia clásica, con su democracia, su res pública y su politeísmo; o esos hombres y mujeres de Atapuerca, que comenzaron a civilizar esta península sobre la que caminamos.
Las críticas a la implantación del cristianismo en la constitución europea no surgen únicamente por un espíritu laico si no por las evidencias históricas de la iglesia católica, que en muchos momentos de su historia no ha sido precisamente un ejemplo del amaros los unos a los otros.
La reacción de los islamistas, que han convocado para el próximo viernes intensas movilizaciones contra el Papa, es perfecta para la imagen pública del Vaticano. De ese modo tira la piedra, esconde la mano y aparece ante el mundo como “víctima”, una posición desde la que solicitar y reclamar, como ya están haciendo muchos obispos, que los gobiernos europeos lo defiendan y de algún modo lo representen.
La iglesia católica no puede tirar ni la primera piedra ni la segunda al reprochar el uso histórico de la violencia. Basta conocer cómo se desarrollo la conquista de América o leer un poco de documentación acerca de la Inquisición , sus métodos y su forma de eliminar a aquellos que construían o defendían argumentos que desde la ciencia y la racionalidad hacían crecer la razón en detrimento de la superstición. Después de sus declaraciones el Papa llama al respeto mutuo entre las religiones. Parece que se ha olvidado de pr edi car con el ejemplo.
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