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OTRA MIRADA

EL TIEMPO

Las almejas son moluscos bivalvos que desarrollan su vida en las orillas de los ríos o de los océanos. Esconden su cuerpo bajo la arena, entre cinco y treinta centímetros, y se alimentan de microorganismo que absorben del agua. Muchos las conocemos por haberlas visto en un plato, cocinadas a la marinera, invitándonos a degustarlas. Pero a partir de ahora van a ser más conocidas por su inigualable esperanza de vida.
Científicos de una universidad galesa han descubierto en la costa de Islandia una almeja viva de 410 años de edad. Se trata del molusco más viejo del planeta, nacido aproximadamente en el año 1597. Ser almeja durante cuatro siglos no debe resultar extremadamente complicado, cuando tu trabajo en la vida es filtrar arena, comerte los microorganismos y sacar una especie de lengua de vez en cuando para recolocarte.
Pero si por un momento me imaginara que yo hubiera nacido hace 400 añitos me cuesta entender cómo me encontraría de animo, que seguramente sería mi mayor preocupación. Ser almeja durante tanto tiempo debe ser mucho más fácil. Aunque a pesar de todo creo que sería bastante optimista.
En 1597 Miguel de Cervantes y William Shakespeare estaban imaginando y elaborando algunos de los momentos más gloriosos de la literatura universal y España asentaba su imperio colonial. Si en ese año yo hubiera abierto los ojos al mundo es posible que nunca hubiera podido asimilar tanta transformación.
Ser almeja es más fácil porque ese tipo de moluscos no organizan guerras por el territorio, prefieren moverse a un lado antes que pelearse con otro bivalvo .
Desde que la almeja islandesa nació cientos de millones de personas han muerto violentamente en nuestro planeta, una máquina de generar sufrimiento humano. Pero las almejas sienten bastante poco y padecen menos. Sobre todo no sufren por la humanidad de las almejas, que sería lo que me hubiera envejecido el ánimo en todos estos años.
Hubiera sido muy duro ver guerras en las que miles de hombres morían para que un déspota u otro ocuparan un trono, cómo los mercaderes de la miseria se enriquecían con el tráfico de seres humanos, a los que vendían como esclavos, cómo durante siglos las mujeres han sido en cuestión de derechos un apéndice de los hombres o cómo la infancia consistió durante siglos en aprovechar para el trabajo el esfuerzo de los niños en cuanto eran capaces de levantar una piedra.
La almeja finlandesa no se ha enterado de todas esas desgracias, encerradita en sus conchas y ajena a las catástrofes que el ser humano ha ido construyendo en su empeño por conquistar la naturaleza a cambio de perjudicarse a sí mismo.
Si yo hubiera vivido esos cuatrocientos años me hubiera convertido en una piedra, en un ser “apenas sensitivo”. La contemplación de tanto horror quizás me hubiera convertido en un ser inanimado, incapaz de sentir y compadecerme por lo que ocurriera a mi alrededor. Sólo algunas cosas me hubieran sorprendido hasta la indignación. Algo como las declaraciones de Acebes, cuando decía estos días que él nunca ha mantenido una teoría de la conspiración con respecto al 11M. ¡Vivir 400 años para ver!
Publicado el 31 de octubre de 2007
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