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OTRA MIRADA

PUERTAS AL CAMPO

PUERTAS AL CAMPO
En el verano de 1999 realicé un viaje por el norte de Marruecos. Y en un tren que cubría el trayecto entre Fez y Tánger entablé conversación con un joven marroquí de 19 años. Al principio comentamos cosas acerca del viaje y del país. Después, cuando cogió un poco de confianza, me confesó que iba a Tánger para embarcar en una patera y no era la primera vez que lo hacía. Me contó que unos meses antes había naufragado en una frente a las cosas de Almería y había sido el único superviviente de veintitantos tripulantes. Me dijo que le había entrevistado la televisión y entonces recordé haberle visto en la cama de un hospital, en un reportaje de Informe Semanal. Todos sus compañeros de infortunio se habían ahogado; él era el único que sabía nadar.

Me costaba creer que pudiera intentarlo de nuevo. Pero me lo contó con total normalidad. Tenía un hermano en Ámsterdam y otro en Barcelona y no estaba dispuesto a ser “el hermano pobre” de la familia. Recuerdo que me dio una tarjeta de la peluquería en la que trabajaba en Fez, mientras me contaba con una sonrisa en los labios lo ilusionado que estaba con su nuevo intento. Su historia me dio la medida del poder de atracción que tiene Europa para los habitantes del continente africano que quieren prosperar o escapar de la miseria.
Todos los años el número de pateras aumenta en agosto y septiembre y me acuerdo de él. Los hermanos vuelven de vacaciones a sus lugares de origen, acompañados por el bienestar económico que conquistan al norte del estrecho. Y es muy posible que además aporten parte del dinero para que otros hermanos intenten la aventura.
Cuando el Gobierno español montó hace unos meses el espectáculo de la valla de Melilla, como una media milagrosa para impedir la llegada de inmigrantes, entendí de forma casi matemática el significado de la frase: “ponerle puertas al campo”. Todos los inmigrantes subsaharianos que no pueden saltarla están llegando en cayucos a las costas canarias. Y lo seguirán haciendo a pesar de los barcos que la Unión Europea va a desplazar a la costa del Senegal, para impedir el paso de los fugitivos del hambre.

El deseo de prosperar, de huir de la miseria y de proporcionarle a la familia un futuro mejor no se puede vallar, ni eliminar con unas patrullas marítimas. Es evidente que el fenómeno de la inmigración es mucho más complejo y que Europa es en buena parte responsable del problema actual, por la explotación colonial que hizo, y que en parte sigue haciendo, del continente africano.

Para abordar una solución real es insuficiente que los chicos de Moratinos ofrezcan ayudas económicas a los gobiernos a cambio de que controlen sus costas. Hay que mirarlo de forma compleja y entender que la solución pasa por atacar el problema de raíz. Mientras el futuro económico y socialmente digno sea una franquicia, a la que buena parte de los habitantes del planeta no tiene acceso, no cambiará el rumbo ni la intensidad de la inmigración. El fin de la miseria debe ser un objetivo prioritario de la comunidad internacional. Y para solucionarlo realmente, se deben sustituir las medias represivas por políticas comprensivas.

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