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OTRA MIRADA

LA VIEJA POLÍTICA

Los telediarios españoles de los últimos meses podrían participar en cualquier festival de cine de terror. Llevamos bastante tiempo viendo cómo nuestros peores fantasmas toman cuerpo y voz. Abandonan sus paseos nocturnos por los desvanes del tiempo y aterrizan en el presente insistiendo en seguir ejercitando su mayor habilidad; dar sustos.

En el año 2005 hemos visto el regreso de la política zombie. Ideas que parecían enterradas y bien enterradas han resucitado. A veces han aparecido vestidas de sotana, con su profunda negrura y su olor a vieja caverna. Otras, encaramadas al discurso de líderes políticos que se han afanado en representar lo sociológicamente vetusto. Hablaban y discutían de palabras: matrimonio, nación o calidad de la enseñanza; incapaces de retirarse la máscara y dejarnos observar su verdadero rostro.

Sin apenas capacidad para parpadear, hemos visto cómo el nacional catolicismo se retiraba el lifting y dejaba traslucir su piel rancia y jurásica. Pero hasta ahora no habían aparecido todos los que son. El último en llegar a nuestra particular parada de los monstruos ha sido el teniente general José Mena. Sus declaraciones acerca de una posible intervención militar en Cataluña, si el Estatut profana alguno de los principios constitucionales, han sido una emotiva muestra de patriotismo exultante.

Relaja bastante saber que todavía queda en nuestro ejército un alto porcentaje de salvapatrias. Si las ansias constitucionales de Mena le llevaran a Barcelona a bordo de un tanque, habríamos descubierto una trascendental paradoja: que con nuestros impuestos financiamos un ejército para defendernos de nosotros mismos.

La sociedad española está llena de memoria oculta de otros tiempos en que la Constitución de todos era el Código Militar. Gente que se estremece cuando ve a un hombre repleto de galones y con uniforme del ejército hablando de la posibilidad de una intervención del ejército. Hay una derecha que lleva siglos utilizando esa herramienta y que se resiste a dejar de usarla.

Las declaraciones de Mena son un ejercicio gimnástico para nuestra joven democracia. La reacción social ha sido suficientemente madura y serena como para pensar que muchos habitantes de estas tierras se han convertido en ciudadanos con el lento ejercicio de las libertades públicas. En algunas emisoras de radio esos ciudadanos pedían una sanción mayor para José Mena, algo sorprendente en un país que salió de una cruenta dictadura sin exigir responsabilidades a ninguno de sus “engalonados”.

Este teniente general se ha cargado de un plumazo decenas de años de trabajo y cientos de millones invertidos en lavarle la cara a un ejército que tiene en su currículum histórico el ejercicio de grandes acciones contra su propio pueblo. Años de cooperación internacional, de actividad humanitaria que han saltado por los aires. Ni siquiera sirve ya el intento de cambiarle el nombre y borrarle el pasado llamándolo Fuerzas Armadas. Tras la dictadura hemos vivido el espejismo de que de la noche a la mañana nos convertíamos en otra cosa. Pero cambiar la mentalidad de una sociedad es mucho más complicado que aumentar su renta per cápita.

MODERACIÓN ABSOLUTA

No sé como puedo agradecerle a Mariano Rajoy el peso que me ha quitado de encima. Quién me lo iba a decir. No creo que mi vida dure los años suficientes como para devolverle este favor. Yo, que tengo tendencia a preocuparme y sentirme inquieto por la situación política. Yo, que a veces siento que la tensión entre las dos principales fuerzas parlamentarias puede convertirse en un cataclismo. Yo, que pensaba que la derecha española estaba equivocada, acabo de ver la luz.

Todo ocurrió de improviso. Ayer por la noche, viendo el telediario, apareció Mariano Rajoy en pantalla. De un salto me escondí detrás del sillón, que es lo que hago desde hace unos meses cada vez que un líder del PP hace declaraciones públicamente. Y mirando de reojo a la pantalla escuché sus hermosas y cautivadoras palabras; ese verso político que cambió mi vida como si el cristal a través del cuál miro la realidad dejara, en ese preciso instante, de ser el mismo. Y dejándome de rodeos reproduzco la frase: “El PP este año ha hecho una oposición responsable… y de una moderación absoluta”.

Mientras escribo esta columna no sé si la palabra moderación, o el bufete de abogados que la representa, ha interpuesto ya una demanda contra Mariano Rajoy ante la Real Academia o está planteando hacerlo. Tampoco sé si el líder popular se ha realizado todos los chequeos pertinentes tras su aterrizaje forzoso.

Desde que el Partido Popular sintió que alguien le había robado las elecciones del 14 M, nada en su labor de oposición ha sido relativamente moderado. Más bien parece lo contrario; han conseguido que su viaje al centro les lleve exactamente al centro de la extrema derecha.

En los últimos tiempos la derecha española ha decidido dejar de disimular. Los cuatro años de mayoría absoluta de José María Aznar le han devuelto la esencia del nacional catolicismo. Durante la transición tuvieron que aparentar lo que no eran, para convencer a una mayoría del electorado español de que se trataba de algo nuevo. Y lo hicieron. Pero cuando tuvieron la misma cantidad de mayoría que hoy dicen tener de moderación, la absoluta, quisieron dejar de ocultarse y entonces emergió su verdadera identidad.

En este año de moderación el Partido Popular llevó un psiquiatra al Senado que afirmó que los homosexuales y sus padres eran unos enfermos. En este año de moderación Rajoy y los suyos se declararon dueños universales de la palabra matrimonio. En cambio, cuando se descubrió que en Irak no había armas de destrucción masiva estuvieron absolutamente callados o moderadamente silenciosos. Y qué ejemplo de centrismo galáctico cuando se manifestaron contrarios a la retirada de la estatua ecuestre de Franco o Manuel Fraga alabó la dictadura del padre fundador, ese sangriento generalísimo, desde las páginas de un diario italiano.

La derecha española tiene pendiente un cambio profundo que se resiste a hacer. Arrastra demasiados lastres de otros tiempos. Mientras no lo haga y siga diciendo que su labor política y su trabajo de oposición son de absoluta moderación, yo pensaré que me siguen tratando como si fuera un “bobo solemne”.

Publicado el miércoles 21 de diciembre de 2005

LOS MUERTOS VOTAN

Me viene a la cabeza la idea de quién domina el mundo y me pongo a temblar, víctima de un ataque de escalofríos. El hombre más poderoso de la tierra, George W. Bush, acaba de anunciar el recuento de víctimas civiles de la guerra de Irak. El habitante de la Casa Blanca avisó, antes de hacer pública la cifra, que la decisión de intervenir en el país de Sadam Hussein había sido especialmente dura. Estoy seguro de que antes de dar la orden de ataque padeció los mismos temblores que padezco yo al oír su nombre.

Pero las palabras de este asesino planetario eran frías, como si no hablara de personas. Desde el inicio de la guerra se supone que han muerto 30.000 civiles. La mayoría son víctimas sin rostro, sin familia, a las que en los medios de comunicación no se les llora ni se cuentan sus vidas.

Mientras, al menos, 30.000 civiles morían en el suelo de Irak, víctimas de las balas del Tío Sam, miles de barriles de petróleo nacían con rumbo a los depósitos de los vehículos que recorren las grandes avenidas de la primera potencia del planeta. Son barriles sin rostro, sin nombre y sin apellido, que empresas norteamericanas llevan al mercado del crudo en el preciso momento que ese oro negro ha alcanzado su mayor cotización en el mercado internacional.

Nunca hemos oído ni oiremos al presidente USA pedir perdón por haberse inventado una guerra que ha costado tantas vidas. El arte del poder total es, a menudo, el arte de la impunidad total. Parece que si no había armas de destrucción masiva no pasa nada, la guerra era necesaria de todas maneras.

Pero los políticos republicanos de Estados Unidos no escatiman muertos ni dentro ni fuera de sus fronteras, si es que existen sus fronteras. Unas horas después del anuncio de Bush, su compañero de partido, Arnold Schwarzengger, gobernador de California, se lavaba las manos como Pilatos y aplaudía la ejecución de Stanley ’Tookie’ Williams, un preso norteamericano que llevaba 30 años en el corredor de la muerte y que había sido nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz, por sus trabajos contra la violencia y su labor de concienciación de los jóvenes de barrios conflictivos.

El actor de origen austriaco que gobierna California, internacionalmente conocido como Termineitor, ha utilizado la ejecución de Tookie para recuperar popularidad en las encuestas y reconciliarse con los militantes de su partido. Debe ser que el acta de defunción de un preso negro nominado a un premio de la paz debe dar más votos que aprovechar que se ha reinsertado y que quiere ofrecer su ejemplo. Mientras la inyección letal penetraba en las venas de Tookie, las encuestas aumentaban las posibilidades de que Arnold Schwarzengger pueda ser reelegido en las próximas elecciones.

Al tiempo que medio planeta condenaba la ejecución de Tookie, George Bush conocía los primeros resultados de las encuestas llevadas a cabo tras el anuncio del número de víctimas de Irak. Los 30.000 muertos iraquís han aumentado la popularidad de Bush, confirmando la teoría de que los muertos de segunda aumentan los votantes de primera. Es como si los muertos votaran a favor de sus asesinos.

Publicado el 14 de diciembre de 2005

A través de la ventana escuchaba una lejana y sorprendente melodía: “Libertad, libertad, sin ira libertad”. Me levanté de la silla para asomarme y ver a quién se le ocurría entonar ese tema musical a estas alturas de la película. Casi me desmayé cuando vi el escenario; Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre y José María Aznar interpretando el himno de la Transición delante de una pancarta en el que podía leerse: “En defensa de la Constitución”. ¿Qué querrá decir esa defensa?

Si mi subconsciente tuviera un libro de reclamaciones le pediría que ponga ciertos límites a mis sueños, aunque si los tuviera, ya no sería mi subconsciente… y no serían sueños.

Abandonando ese magnífico delirio onírico me desperté en el día de la Constitución, que es el manual de instrucciones de nuestra democracia. Por todas partes escuchaba argumentos a favor y en contra de pasarle una manita de pintura a la Carta Magna. En este país se debate mucho de las formas y poco de los contenidos, algo así como si nos preocupáramos más por lo estético que por lo ético. Y lo digo sin menosprecio de lo estético, que es fuente de alegrías para el alma.

Mientras extraigo de una estantería un ejemplar de la Constitución, para comentarla en esta columna, oigo en la radio que el 19,9% de los españoles viven por debajo del límite de la pobreza.

Empiezo por orden, leyendo el preámbulo, que es algo así como la declaración de intenciones. Y leo esto: “Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo”. Por eso que llaman libre asociación de ideas me acuerdo del porcentaje de habitantes de España que viven en el umbral de la pobreza económica. Y me pregunto si eso puede considerarse la consecuencia de “un orden económico y social justo”.

Como la curiosidad me arrastra, cojo el diccionario de la Real Academia, para comprobar un significado. Se trata de la palabra orden: “Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde”. Me cuesta asumir esa definición, un tanto determinista; o sea, que el 19,9 % de la población “disfruta” de la pobreza que le corresponde.

La madre de todas nuestras leyes necesita muchos cambios, pero bastantes menos que los que le hacen falta a nuestra sociedad. Leerla es un sano ejercicio para entender dos cosas: que la realidad es tremendamente inconstitucional y que la Constitución es fundamentalmente irreal. Si a alguien se le ocurriera presentar un recurso de inconstitucional contra la realidad, las autoridades pertinentes tendrían que ilegalizar la pobreza, el paro o la escuela pública sin recursos. Pero sus defensores manifestantes no creo que tengan esas intenciones. Intuyo que lo que el pasado sábado se concentraron junto a Rajoy defienden el orden social y cultural que a cada uno le corresponde.

En cuanto al artículo 35, donde dice que tengo derecho a elegir mi oficio y a una remuneración suficiente para satisfacer mis necesidades y las de mi familia, mejor se lo comento a mi jefe. Aunque, en eso, no le veo yo muy constitucional.

Publicado el miércoles, 7 de diciembre de 2005

NOSTALGIA DE LA TRANSICIÓN

José María Aznar tiene ganas de seguir dándonos lecciones y es de agradecer. Ejercer la docencia en la Universidad de Georgetown te marca para toda la vida. No me refiero a contar batallitas de ex presidentes. Simplemente, una persona que ha ocultado tantas cosas tiene mucho que enseñar.

Cuando uno ha gobernado un país con el concepto de que quien no está con él, está contra él, puede confundir lo diferente con lo contrario. Por eso en una de sus últimas declaraciones ha dicho que eso que engañosamente se llama la recuperación de la memoria histórica es justo lo contrario de lo que se hizo en la Transición.

La recuperación de la memoria histórica no es nada más que la aparición pública de la memoria de las víctimas del franquismo. Se trata de un hecho social complementario con el regreso de la democracia tras la muerte de Franco. Pero es algo que parece no agradarle al ex presidente del gobierno. Por lo visto, existen unas víctimas con derechos y otras que no los merecen. Hace tiempo que intuía que Aznar defiende a las víctimas dependiendo del interés político. Si se trata de un dictador como Sadam Husein, es urgente liberar al pueblo iraquí de sus temibles garras, juzgarlo y condenarlo. Pero si se de lo que hablamos es de Franco, entonces el discurso de las víctimas de su dictadura es engañoso. Y yo me preguntó por qué el ex presidente del gobierno tendrá tantas aptitudes para reconocer lo engañoso.

La memoria es a veces muy útil. Tras el atentado del 11 M, el gobierno del PP construyó una versión a su medida. A mí me vino a la memoria un acontecimiento pasado, pero que podía servir para explicar ese presente. Ocurrió el 3 de enero de 1944. Dos trenes chocaron en un túnel, en la localidad leonesa de Torre del Bierzo. Murieron en el accidente decenas de personas. Fue la mayor tragedia ferroviaria de Europa. Pero el gobierno de Franco, por una cuestión de imagen, prefirió ocultarlo. Enterró los cadáveres y la tragedia no fue portada en ningún medio de comunicación del país. Cuando el gobierno de Aznar, por “una cuestión de imagen”, diseñó a su medida la supuesta autoría del atentado de Atocha, yo recordé aquel accidente de tren y pensé que había algo que unía aquellos dos acontecimientos; una cultura política donde los intereses están por encima de todo.

La transición tuvo cosas positivas, pero eso no significa que hayamos alcanzado el mejor de los mundos posibles. Me admira el deseo del Partido Popular de tomar enseñanzas de ella. Sus logros pueden sernos útiles para infinidad de cuestiones. También sus defectos. Perdonó a personas que deberían haber asumido responsabilidades ante la justicia y nunca lo han hecho. Quizás ese es el espíritu que Aznar reivindica, el de la impunidad. El mismo que ha permitido iniciar una guerra en un Irak sin armas de destrucción masiva. El mismo que hace que las mentiras que se escucharon entre el 11 y el 14 M no hayan tenido consecuencias penales. Ya me parecía a mí.

Publicado el 30 de noviembre de 2005

UNA MOSCA DETRÁS DE LA OREJA

Cada vez que Ángel Acebes habla de convocar una manifestación corro a mirarme en un espejo y descubro que sigue ahí la mosca que tengo detrás de la oreja. Adquirí esta extraña capacidad después de verle manejar la información tras el atentado del 11M. Y la verdad, aunque creo en la rehabilitación, veo un poco difícil que el señor Acebes regrese de las tinieblas en las que se sumergió tras el atentado de Atocha.

El PP acaba de convocar una nueva marcha. Todavía no saben si se manifestarán o se concentrarán. Es posible que su departamento de nuevas técnicas electorales esté trabajando sobre un nuevo método de protesta. Los que acusaban al actual gobierno de política de pancartas le han cogido gusto a la marcha callejera. Es como si quisieran confirmar que existiera una inercia vital que nos lleva a parecernos a lo que odiamos.

Bueno, a lo que iba. Que Acebes ha dicho que a principios de diciembre salen a la calle. Y que en esta ocasión lo harán para defender los valores de la Constitución de 1978. Según lo estaba escuchando, la mosca que tengo detrás de la oreja se ha movido para recordarme que estaba allí. Así que me he puesto a pensar y, aunque no tenga por qué servir de precedente, lo he conseguido.

Me han venido a la cabeza los artículos que José María Aznar publicó en la prensa riojana contra esa Constitución. Me ha venido a la cabeza la manifestación de repulsa del 11-M donde el eslogan decía: “Contra el terrorismo, por la Constitución”. Recordando esos momentos mi mosca de detrás de la oreja me ha susurrado que para algunos hubiera sido maravilloso que los nacionalismos se hubieran desmarcado de aquella manifestación y hubiera emergido “el problema” nacionalista para desviar las cosas del atentado cometido por Al Qaeda.

Por eso cuando escucho que el PP se va a manifestar para apoyar y defender la Constitución, sospecho que hay algo más. A la derecha española le cuesta un poco llamar a las cosas por su nombre. Dicen que se manifiestan por la libertad de enseñanza y lo que piden es dinero para la Conferencia Episcopal. Dicen que defienden a la familia y que no se use la palabra matrimonio para las uniones entre personas del mismo sexo e invitan al Senado a un psiquiatra que asegura que los homosexuales y sus padres son unos enfermos.

Me dice la mosca que habita detrás de mi oreja que detrás de la defensa que el PP hace de la Constitución hay algo más. Algo como tratar de explicarle a la sociedad española que el gobierno de Zapatero quiere destruirla y ellos la respetan. No deja de ser muy simbólico que quieren apropiarse de algo que regula la vida de todos nosotros.

La derecha ha descubierto el placer de manifestarse y ahora no para. Las manifestaciones de 13-M ante las sedes el Partido Popular les quitaron el gobierno y no van a parar hasta que el mismo método les lleve de nuevo a la Moncloa.

Las Constituciones se modifican, transforman e incluso pueden redactarse nuevas. Que Acebes quiera apoyarla y defenderla es quizás el mayor síntoma de que ha llegado el momento de cambiarla. Esto último, me lo ha soplado la mosca.

Publicado el 23 de noviembre de 2005

LA DOCTRINA SINATRA

Hasta ahora, cuando un avión aterrizaba en el aeropuerto de Palma de Mallorca, era lo normal que llevara pasajeros en busca de descanso y diversión. Miles de jóvenes llegan a sus playas para sus viajes de fin de curso. Miles de ancianos tratan de aligerar sus otoños rodeados por las templadas aguas del mar Mediterráneo.

Pero estos días hemos sabido que no todos los aviones que llegan a la isla van en misiones de paz y descanso. El servicio secreto de los Estados Unidos, conocido por todos como la CIA, ha utilizado la isla para alguna de sus misiones inhumanas. Los agentes del Tío Sam, acostumbrados a pisotear cotidianamente la Declaración de Derechos Humanos, utilizaron las mallorquinas pistas de aterrizaje para algunas de sus operaciones especiales carentes de escrúpulos.

Resulta que a bordo de un Boeing 737 llegaban al suelo balear, un número desconocido de prisioneros que luego eran llevados a cárceles secretas que se encuentran en los países del este. Principalmente se trataba de presos procedentes de países árabes, sospechosos de terrorismo islamista; los únicos inmigrantes africanos que han podido volar hasta nuestro país sin papeles y sin verse obligados a saltar una valla de seis metros.

La CIA ha utilizado esas pistas de despegue y aterrizaje sin pedir permiso, conscientes como son de que dominan el mundo y que los países que no tienen una estrella en su bandera están a su servicio. Por su parte, el Centro Nacional de Inteligencia español pidió al servicio secreto norteamericano que no utilizara nuestro suelo para ese tipo de misiones tan poco humanitarias. Pero la CIA fue más inteligente que nuestros espías y no les hizo ni caso.

Los aviones en los que viajan los daños colaterales de la guerra de Irak aterrizan donde las da la gana, que para algo pertenecen al país más poderoso de la tierra. No importa que sus pasajeros no tengan garantías procesales, qué más da si sus soldados los torturan, humillan y aplastan física y psicológicamente.

La doctrina Sinatra ha sido uno de los grandes elementos de la política de los USA. Se trata de desarrollar la política internacional con un principio básico: “My way” (A mi manera), como la canción que inmortalizó el gran cantante y actor. Durante décadas han intervenido en la política de otros países sin miramientos. Ayudaron a levantar dictaduras, como en Chile; a que los partidos comunistas no alcanzaran el poder en democracias como la italiana o últimamente a ocupar un país que ocupa los primeros puestos entre los productores de petróleo.

Nuestro Gobierno debe protestar firmemente contra el uso que la CIA hace de nuestro suelo e interesarse por el paradero de los prisioneros que han hecho escala en nuestro país. Es necesario defender los Derechos Humanos, aunque para eso David tenga que arriesgarse a un enfado diplomático con Goliat. La doctrina Sinatra no debe estar permitida cuando se aplica para pisotear la dignidad humana. Es una labor importante y que puede prevenir males mayores. Así tendremos la posibilidad de que el sueño americano no sea una pesadilla para nadie.

Publicado en La Crónica el 16 de noviembre de 2005

EN NOMBRE DE LA LIBERTAD

A la cúpula de la Iglesia católica española siempre le ha preocupado la libertad y basta con acudir a cualquier libro de Historia para demostrarlo. Su apoyo a la dictadura franquista paseando bajo palio al dictador Francisco Franco es un claro ejemplo. También lo es el hecho de que después de la Guerra Civil miles de españoles necesitaban un certificado de buena conducta de un sacerdote para poder trabajar. O sea, que los curas dictaban quién tenía o no tenía libertad para ganar un sueldo y comer. O por ejemplo, ataban la mano izquierda de los zurdos a una silla (porque decían que era la del diablo) para ofrecerles la posibilidad de aprender a escribir con la mano que les quedaba libre.

Por mucho que le doy vueltas no entiendo por qué la escuela debe ser el ámbito de la enseñanza religiosa. Puede ser porque los niños tienen una mirada inocente, necesaria para ver a Dios; o es más, quizás, que con su prematura formación, asimilen ese tipo de contenidos con mayor facilidad.

La Iglesia católica tiene una tendencia clara a conservar sus privilegios. Y la verdad es que tiene muchos. La Agencia Tributaria, sin ir más lejos, pasa el cepillo por miles de hogares españoles para ver quién quiere o no aportar su calderilla fiscal en la Declaración de la Renta. Es incomprensible que el Estado haga esa labor pero la verdad es que es todo un favor.

A eso hay que sumarle el sermón diario que emite a las seis menos cinco de la mañana en Radio Nacional (“Buenos días nos dé Dios”); la potestad para contratar o despedir profesores de religión o el hecho de que decenas de hospitales españoles tengan una capilla.

El uso y disfrute de una religión es algo que pertenece a la esfera privada de cada familia. Y es algo que los manifestantes que recorrerán las calles de Madrid se niegan a entender. Y son capaces de hablar de persecución cuando reciben muchos millones del Estado y tienen enormes privilegios fiscales.

Como la Iglesia no llama a las cosas por su nombre es difícil saber realmente lo que quiere. Ahora dicen que luchan por la libertad de elección. Y en un país con una democracia joven hay muchas libertades por conquistar. Por ejemplo, y hablando de clases: poder elegir la clase social a la que se quiere pertenecer.

Publicado el 9 de noviembre de 2005

NO ME ASUSTA EL ESTATUT

En el Instituto que estudia los terremotos han tardado en localizar a la persona que podía atenderme. Me han paseado por varios departamentos y como soy aprensivo y pesimista he pensado que no se atrevían a decirme la verdad. Finalmente, me han asegurado que no hacen previsiones como las del hombre del tiempo, pero que prevén que van a pasar varios siglos antes de que la España geológica se parta.

La noticia de que la península no se rompe me ha relajado enormemente. Así que me he sentado a tomar un café y leer el periódico. Pero el Estatut parecía perseguirme y me lo he encontrado en la portada y en varias páginas interiores.

En ese momento me he dado cuenta de que me había asustado antes de pensar realmente en lo que estaba sucediendo o podría suceder. Y he decidido informarme y reflexionar, para tener un criterio propio.

La verdad es que la democracia siempre me ha parecido una especie de organismo vivo. Y una parte muy importante del organismo democrático son los músculos. Los músculos democráticos revisten las instituciones y ciertos acontecimientos y permiten que la democracia camine hacia delante. Por eso, que se debata el Estatut catalán en el Parlamento español es una buena forma de mejorar la democracia.

A mí personalmente, después de conocer el estado geológico de la península, no me asusta que esto que hoy se llama España cambie de nombre o incluso se convierta en algo diferente. Estados Unidos es un Estado federal, compuesto de estados. Las legislaciones son distintas, aunque compartan una misma Constitución. En unos Estados no pueden abrirse casinos y en otros sí. En unos consideran que las patatas fritas son un alimento de primera necesidad y en otros no. La diferencia de sus legislaciones no impide que el país funcione y que tenga sus instituciones. Y George Bush, un eminente patriota, no piensa en que su país se esté desmembrando.

Entonces, me cuesta entender por qué hay tantas reacciones contra ese debate o contra la posibilidad de que nos convirtamos en un Estado federal. Ah, por cierto, el informe de la FAES, la Fundación que preside José María Aznar, asegura que el problema del Estatut es más psiquiátrico que político. Lo que no deja claro es para quién.

Publicado el 2 de noviembre de 2005

MEJOR DORMIDO

No soy una persona dormilona, pero reconozco que a veces me asalta el sueño en cualquier parte, como si tuviera una necesidad imperiosa de huir de la realidad. Una mañana iba hacia el trabajo y me quedé dormido en el autobús, con la cabeza apoyada en el hombro de mi compañera de asiento. Soñé que llegaba a la oficina y mi jefe me llamaba a su despacho con una voz agradable como nunca le había oído. Cuando me sentaba frente a él me decía, con una sonrisa en los labios, que todos los dueños de todas las empresas habían decidido ponernos a los españoles el sueldo de los alemanes. En mi sueño salía de su despacho dando saltos de alegría y por la calle no veía empresarios pidiendo limosna, ni la economía del país hundida por los suelos. En cambio veía que todo el mundo estaba más alegre, que las caras tristes que veía todos los días habían desaparecido y la gente se sentía recompensada por todos los años de su vida que dedicaba a trabajar.

Otro día me quedé dormido a la hora de la siesta. Y soñé que el Congreso de los Diputados estaba a punto a aprobar una reforma de la Constitución. Corría al supermercado para llenar mi casa de latas y de agua mineral. Me despedía de mis seres queridos por teléfono antes de que cortaran las líneas. Llamaba a dos o tres amigos que no veía hacía años para darles las gracias por lo bien que lo habíamos pasado juntos. Y mientras los diputados votaban que sí a la reforma constitucional me acordaba de llamar a un par de ex novias por si estaban dispuestas a vivir el fin del mundo a mi lado. Después de aprobada la reforma, me pasaba dos días encerrado en casa. Al bajar a la calle, no veía barricadas, ni gente asaltando oficinas bancarias, ni siquiera una ciudad arrasada por el vandalismo. Entonces me daba cuenta de que mi vida no había cambiado en lo fundamental.

Reconozco que hay muchos temas con los que podría soñar y pueden parecer mucho más sugerentes. Pero a mí en los sueños me pasa al revés que en la vida real; cuando me duermo me interesa más la política.

Esta mañana he escuchado que el gobierno tiene previsto abaratar el despido. Como no daba crédito a la noticia, me he quedado en la cama tumbado, durante varias horas, esperando a ver si me despertaba. Pero resulta que ya estaba despierto.

Artículo publicado el 26 de octubre de 2005

BENDITOS EUROS

Este lunes comencé el día del mismo modo, con la misma actitud. Leí que la Organización de Naciones Unidas conmemoraba el Día Mundial para la Erradicación de la Pobreza. Desgraciadamente se trata de un día que va a seguir conmemorándose durante muchos años. Para la ocasión, la ONGs sacaron a la luz el número de personas que viven en España en el umbral de la pobreza; casi ocho millones.

Continué mi búsqueda hasta dar con una información que no estaba en la sección de “insólito”, sino en la de economía. El titular decía así: “La Iglesia supera el caso Gescartera y aumenta un 13,5% sus inversiones en Bolsa”. Por lo visto, el brazo financiero de la Conferencia Episcopal consiste en una aseguradora que preside Rouco Varela. En la cuenta de esa compañía convergen las calderillas y billetes pequeños que los monaguillos de España recogen con sus cepillos. Y consiguientemente, Rouco se encarga de que esos millones de euros cumplan el principio bíblico de crecer y multiplicarse.

Por una extraña razón se me ocurrió asociar las dos noticias. Y qué casualidad; mientras en España hay casi ocho millones de personas que viven en el umbral de la pobreza, la Iglesia católica invierte casi ocho millones de euros en la bolsa. Y además, es posible que alguno de esos céntimos que se convierten en acciones de Enagas o Telefónica, hayan sido depositados en los cepillos por esas personas que han tenido la desgraciada suerte de ser pobres en el mundo económicamente desarrollado.

Puede que me equivoque, pero que yo recuerde, la Iglesia católica española nunca ha paseado a los pobres bajo palio. Su afán por obtener poder político y económico no ha disminuido con el paso de los años. Ni siquiera lo hizo tras el fin de esa bendita dictadura, en la que participó activamente para repartirse el botín de la cruzada.

En la actualidad, atrincherada en otros tiempos, la Iglesia trata de salvar de su naufragio histórico los muebles que le quedan. Su fe en los privilegios se conserva intacta. Y lo que antes conquistaba en el nombre de Dios, ahora lo hace con nuevos métodos. Las manifestaciones que le hemos visto protagonizar últimamente son un claro ejemplo. Así tratan de explicarle al Gobierno que no se atreva a quitarle los miles de millones de pesetas que todos los españoles le entregamos anualmente a Rouco y sus compañeros para dinamizar la economía; por lo menos la suya.

Publicado el 19 de octubre 2005