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OTRA MIRADA

UN PREMIO INCÓMODO

El ex vicepresidente del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, Al Gore, ha recibido el último Premio Nobel de la Paz , por su labor como director de un documental acerca del cambio climático y por su lucha para concienciar al mundo de la urgente necesidad de hacer caso a lo que numerosos grupos ecologistas llevan décadas denunciando.
La noticia de la concesión del premio ha despertado mi espabilada capacidad para dudar; y esta vez no tengo todas conmigo acerca de la habilidad de los miembros de la Academia Sueca para detectar causas por las que premiar a alguien en cuestiones de lucha por la paz. En un mundo en el que diariamente asistimos a la existencia de conflictos armados, violaciones de derechos humanos y tremendas injusticias económicas y sociales, parece difícil pensar que no haya una persona con más méritos +que Gore para recibir ese reconocimiento.
No tengo nada contra Gore, pero su pertenencia a un gobierno que ordenó bombardeos o que no quiso ratificar el protocolo de Kioto me hacen dudar de su candidatura a un premio de tanta repercusión internacional. Por no hablar de los defectos que numerosos científicos del mundo han detectado en la visión alarmista que ha tratado de comunicar en su oscarizado documental, Una verdad incómoda.
Premios como el Nobel deberían tener ciertas reservas a la hora de otorgar sus galardones a personajes con carrera política, cuando lo único que hacen es cumplir con su obligación y reciben a cambio el sueldo que les pagan puntualmente sus ciudadanos.
También le ha sorprendido el premio a mi amigo Jorge, un experto desconocido en detección de conspiraciones. Asegura él que los organismos que mueven los grandes poderes internacionales utilizan puntos de fuga para que la izquierda internacional mire hacia otros lugares. Dice que la ecología es una buena causa para que la gente no luche por el fin de la pobreza y el reparto de la riqueza. Quizá ese es uno de los efectos colaterales y tenga parte de razón. Pero la situación ecológica de este planeta es preocupante y no es el señor Gore el que ha hecho una revolución al respecto.
Mi hija Julia tiene nueve años. Y desde que era pequeñita ha tenido una cierta preocupación por el medio ambiente; y no me refiero sólo al hecho de que me haya hecho prometer que dejaba de fumar hace un mes y lo haya conseguido. Le preocupa que abra demasiado tiempo el grifo del agua, que deje una luz encendida o la cantidad de humo que el coche, en el que la llevo al colegio, lanza a la atmósfera.
Ella tiene esa conciencia sin haber visto en su vida el documental de Al Gore. La tiene porque antes que Gore ha habido numerosos ecologistas en el mundo que han decidido cuidar la naturaleza, que han protestado por los abusos del hombre, que han conseguido que gobiernos muy contaminantes como el nuestro hagan un Ministerio de Medio Ambiente, para tratar de solucionar problemas. A ellos les quiero dedicar esta columna; a los que cuidan de los vertidos en sus pueblos, a los que nunca irán a una gala de los Oscar para recibir un gran aplauso que tienen muy merecido.
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