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OTRA MIRADA

EL CÓDIGO ACEBES

EL CÓDIGO ACEBES
Desde que los hombres desarrollaron una cultura para poder sobrevivir han necesitado normas para facilitar su convivencia y resolver conflictos. Al principio eran legislaciones consuetudinarias; reglas no escritas, que nacían de las costumbres. Cuando en algunas culturas comenzaron a existir colectivos que conocían la escritura y la lectura, algunos reyes quisieron perpetuar esas normas y hacerlas públicas para construir una ley sin excepciones.
Aunque no fue el primero de los códigos escritos que se conocen, quizás el más afamado ha sido el del rey Hammurabi. Se trata de una gran piedra de basalto en la que se inscribieron las normas del rey. Aquella roca se talló en Mesopotamia hace 3700 años. En la actualidad se encuentra en una sala del museo Louvre y cada año es visitado en la capital francesa por decenas de miles de turistas de m edi o mundo.
Las normas que el rey Hammurabi quiso perpetuar en él eran extremadamente rígidas y violentas, en una sociedad tremendamente injusta en la que la vida, además de corta, tenía un bajo precio. La creencia era entonces que las leyes del código eran leyes divinas y eso obligaba a su cumplimiento por una voluntad ajena al rey, una voluntad de la que era representante en la tierra y que coincidía con los intereses que le permitía perpetuarse en el poder y castigar a los que podía considerar sus enemigos. Era como si Dios le hubiera hecho un código a su m edi da.
Hammurabi había divido su sociedad en tres estamentos. Por un lado estaban los hombres libres. Después estaban los “muskenu”, que eran algo así como sirvientes con algunos derechos y cierta cualificación para la época. Y por último el código regulaba la existencia de los esclavos, hombres y mujeres sin derechos de los que los hombres libres podían abusar de forma arbitraria e impune.
Pero lo que más ha dado a conocer el código de basalto es la Ley del Talión que se expresaba de forma popular en el: “ojo por ojo, diente por diente”. Así, si un hombre robaba se le cortaban las manos y si un arquitecto había edi ficado una casa mal construida que tras derrumbarse mataba a uno de sus habitantes, el arquitecto era ejecutado.
Desde que Hammurabi consiguió vencer a la muerte y llegar hasta nuestro presente gracias a su código hemos tenido la suerte de que han cambiado muchas cosas. En países como el nuestro no existe la esclavitud y la privación de libertad se ha convertido en la forma en la que un delincuente es condenado por el incumplimiento de las normas que haya cometido. Por suerte, hemos abolido la pena de muerte y los acusados tienen derecho a una justicia básica, aunque a veces sea demasiado lenta o no del todo acertada.
En la manifestación de la AVT del pasado sábado, el secretario general del Partido Popular, Ángel Acebes, reclamaba una respuesta del Gobierno a la generosidad de las víctimas de ETA “que habían renunciado a tomarse la justicia por su mano”. Y lo dijo con total naturalidad, como si los seres humanos no hubiéramos progresado desde hace treinta y siete siglos, como si esa mañ ana hubiera charlado acerca de los problemas de nuestro país con el rey Hammurabi, como si dejar que los órganos de justicia hagan su trabajo fuera una pérdida de derechos.
Publicado el 28 de febrero de 2007
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