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OTRA MIRADA

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS

Mientras nuestra juventud organiza macrobotellones y reivindica su derecho a realizarlos, otros jóvenes, un poco más al norte, en Francia, se preocupan de su futuro y hacen esfuerzos para que sus derechos y oportunidades sociales no mengüen. Entonces, ¿qué es lo que diferencia dos juventudes con problemas similares y respuestas tan dispares?

La revolución francesa que trató de conquistar la igualdad, la libertad y la fraternidad inició en el país galo un proceso sociopolítico destinado a convertir a sus habitantes en ciudadanos. Los efectos de la Ilustración transformaron la mentalidad de los franceses de modo que interiorizaron sus derechos y asimilaron que la participación social y política era una forma de garantizarlos.

Desde aquel 1789, han sido muchas las ocasiones en las que los jóvenes franceses han llevado a cabo movilizaciones. Eso les ha permitido acumular una experiencia que les permite enfrentarse a los abusos del poder. Varias reformas laborales han sido abandonadas por los políticos que las idearon tras enfrentarse a la respuesta social de una juventud consciente de que tiene unos derechos básicos nacidos del espíritu de aquella revolución.

La juventud española tiene los mismos problemas pero su respuesta nace de la falta de conciencia de que su participación social y política podría cambiar sus condiciones de vida. Algo ha ocurrido en nuestra sociedad para que las reivindicaciones de los jóvenes tengan más que ver con el ocio que con el negocio. La aceptación generalizada de condiciones laborales cercanas al trabajo basura tiene que ver sin duda con nuestra falta de “revolución francesa” y con el arrastre de un pasado que ha tenido como consecuencia una generalizada resignación.

La cultura, que es la forma con la que vemos la realidad y nos relacionamos con ella, está en la raíz de esa falta de respuestas. Mucha influencia procede de una mentalidad monoteísta. La incapacidad de la sociedad española para que dos valores convivan y no sean antagónicos es manifiesta. Como si luchar por unas buenas condiciones laborales fuera incompatible con realizar un macrobotellón o llevar a cabo manifestaciones como las que ocurrieron hace algunos años cuando el ayuntamiento de Cáceres adelantó la hora de cierre de los bares.

Nuestra historia reciente está sin duda en la raíz del problema. La cultura generada por la dictadura franquista, con ayuda de la Iglesia católica, ha generado un sentimiento colectivo de resignación y de aceptación del destino, es decir, de las relaciones de poder, como algo que condiciona nuestras vidas por una voluntad a la que nos debemos someter.

Los jóvenes españoles deberían tomar conciencia del poder que tienen y no utilizan; algo que sí hacen los franceses. Ellos pueden modelar la sociedad en la que quieren vivir y para ello es fundamental que entiendan que una persona puede tener un trabajo digno y bien pagado y largarse a un botellón disfrutando de unos derechos que mejoren su calidad de vida.

Publicado el 29 de marzo de 2006
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