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OTRA MIRADA

EL DÍA MÁS CORTO DEL AÑO

La pasada Nochebuena en el cielo despejado podía verse una gran luna llena en el cielo. Si hubiéramos habitado esta península hace 200.000 años y ese satélite de la tierra luciera de esa forma a finales de diciembre, en un cielo sin nubes, habríamos salido todos los miembros de la tribu de nuestras cuevas y habríamos danzado en la noche.
Al atardecer de ese día habríamos medido la puesta de sol para comprobar que los días comenzaban a alargarse de nuevo y que habíamos sobrepasado el solsticio de invierno. Entonces hubiéramos iniciado nuestras danzas para agradecerle a los dioses y a la naturaleza la repetición de un fenómeno que no tenía por qué reproducirse eternamente; el cambio de duración de los días que es el inició del camino hacia el tiempo del calor, de la siembra y la cosecha.
La inexistencia de nuestro conocimiento científico nos habría hecho explicar que los dioses decidían regalarnos de nuevo un camino hacia el calor y sentiríamos la necesidad de demostrarles nuestra alegría. Entonces habríamos organizado una fiesta para celebrar que un año más podríamos obtener los recursos necesarios para la supervivencia de la especie, que sería entonces nuestro principal objetivo vital.
Con la llegada del final de diciembre habría fermentado el jugo de algunas frutas y esos brebajes contendrían alguna graduación alcohólica. Por la noche sacrificaríamos animales y los asaríamos al fuego o sacaríamos del fondo de la cueva alguna carne seca. Juntos prepararíamos la fiesta y sentiríamos que la luna llena en esa noche despejada confirmaba nuestra buena sintonía con los dioses y con otros fenómenos que éramos incapaces de explicar o entender.
Durante miles de años los ritos humanos han ido parejos a los cambios en la naturaleza y los ciclos vitales. La llegada del verano y la del invierno, eran momentos álgidos en los que la tribu alcanzaba una especie de comunión con la naturaleza; los sabios podían confirmar sus conocimientos y predecir el comportamiento del sol, como si realmente estuvieran dotados de una magia que no les pertenecía.
Esos ritos de acompañamiento con la naturaleza han formado parte de nuestras costumbres durante cientos de miles de años y articulaban los ciclos que determinaban la vida de nuestra especie de forma inalterable. Y posiblemente eran nuestras dos grandes fiestas del año, donde la tribu celebraba su unión y su deseo de seguir luchando para garantizar la supervivencia de los más jóvenes.
Pero llegaron las religiones y quisieron apoderarse de algo que tenía un significado cultural tan intenso. Primero fueron las politeístas y luego las monoteístas. La religión católica se apropió del significado de esos ritos milenarios para recoger el poder cultural que contenían. Así es como en la actualidad el 24 de junio es el día de San Juan y el 24 de diciembre es la Nochebuena.
Después llegaron otros poderes a ocupar los espacios de la predestinación. Y por eso el rey Juan Carlos, de los 365 días del año, elige la Nochebuena para dar un mensaje a sus súbditos.  A veces echo de menos aquella tribu donde todos éramos ciudadanos.
Publicado el 26 de diciembre de 2007
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1 comentario

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es muy largo achicalo asi lo leo
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